Plantearse
esta cuestión conlleva a sentarse y reflexionar detenidamente sobre si de
verdad queremos conocer la respuesta. Lo que es más, desencadena una serie
infinita de otras preguntas, a cada cual más simple pero al mismo tiempo con
soluciones más desalentadoras: realmente, ¿qué es la libertad? ¿Existe? ¿Está a
nuestro alcance? ¿Podemos ser libres? ¿Cuáles serían sus consecuencias? ¿Dónde
están los límites de nuestra vida en “libertad”?
Es fundamental si queremos abordar este
tema tratar de definir el concepto de libertad. Sin embargo, bien es cierto que
cada individuo puede tener una concepción subjetiva de lo que supone para ellos
esa libertad. Esta pluralidad de opiniones y pensamientos es inducida por
diversos factores (culturales, en cuanto a información, políticos e incluso
podríamos hablar de curiosidad), que varían, obviamente, en cada personalidad.
La conciencia humana es, en cierto modo, limitada, pero muy ampliamente, de
forma que está en nuestra mano el decidir hasta dónde queremos llegar a saber.
Esto nos llevaría a divagar sobre otras cuestiones referentes a nuestra
felicidad, nuestro conocimiento y nuestros propios actos y costumbres, pero
sería extendernos demasiado y hemos de ceñirnos al tema. Planteemos, pues, una
definición de libertad, que es descrita por la RAE como la facultad natural que
tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es
responsable de sus actos; el estado o condición de quien no es esclavo o está
preso; la condición de las personas no obligadas por su estado al cumplimiento
de ciertos deberes; o la contravención desenfrenada de las leyes y buenas
costumbres, etc, entre otras cuantas acepciones de quizá alguna menor
importancia.
En primer lugar, y en referencia a la
primera significación mencionada, ¿somos libres de actuar de una manera o de
otra? Bien es cierto que podemos decidir si queremos hacer ciertas, pero esto
sólo es aplicable en un plano en el que seamos plenamente conscientes de
nuestros actos. Sin embargo, ¿somos conscientes de todo lo que hacemos, de cómo
lo hacemos y de por qué lo hacemos? La respuesta, lamentablemente, es que no.
Vivimos en una sociedad en la que diferentes agentes externos condicionan
nuestras decisiones, de manera tanto consciente como inconsciente, en muchos
casos. Dado que nos sentimos prácticamente obligados a pertenecer a algún grupo
social concreto, actuamos de forma que podamos encajar en dicho grupo.
Cualquiera que se sienta excluido de tal asociación, se encuentra en conflicto
interno sobre su personalidad, su existencia y sus cualidades, llegando a
preguntarse si quizá no debería ser de otra forma. Así pues, por ejemplo,
mujeres y hombres siguen roles establecidos por la sociedad y se comportan de
diferentes maneras en distintas situaciones en función de lo que se espere de
ese rol o papel establecido. Esto, como ya hemos mencionado, puede ser tanto
conscientemente como sin darnos cuenta, por lo que la mayor parte de nuestras
decisiones, en muchas ocasiones, son inducidas por cánones establecidos de los
que ni siquiera tenemos conocimiento. Ahora bien, ser consciente de esto puede
plantear otro conflicto, y es el siguiente: ¿cómo sé si estoy actuando por
voluntad propia, o si realmente tengo asumido muy interiormente un papel que
debo seguir? Aquí es donde el grado de libertad individual tomaría parte: cada
ser puede someterse a un duro proceso de deconstrucción y “desalienación”,
aceptar los problemas que conllevarían dichos procesos y asumir que es
terriblemente complicado poder llegar a ser absolutamente libre para decidir
sin tener ninguna influencia externa ni ningún dilema interno consecuente de
dicha influencia externa. Como bien dijo Albert Einstein, “No creo, en el
sentido filosófico del término, en la libertad del hombre. Cada uno obra no
sólo por una coacción exterior, sino también por una necesidad interior.”
Por otro lado, encontramos al autor Jiddu
Krishnamurti, quien defiende que la libertad consiste en reconocer los límites.
Con toda seguridad, podemos afirmar que como seres humanos tenemos ciertas
limitaciones, pero, ¿esto nos hace prescindir de la libertad? Quizá convenga,
como bien dice Krishnamurti, conocer nuestros límites, y aceptarlos como una
parte esencial de nuestra existencia. Tener límites no implica tener
incapacidad de realizar ciertas actividades, a no ser que dichas capacidades
sean meramente imposibles por cuestiones físicas, anatómicas, fisiológicas...
etc, como podría ser que un ser humano quisiera volar. Es por ello que hay que
diferenciar entre límites y capacidades. En mi más humilde opinión, la
capacidad puede (y debería), ser entrenada. Sólo nuestras capacidades podrán
establecer unos límites más cercanos o más lejanos. Así pues, aunque
diferenciemos entre límites y capacidades, lo uno depende de lo otro, y
consecuentemente, también depende de nosotros, los individuos. Aun así, y con
todas las frustraciones mentales que esto pueda producir, es cierto que existen
otros límites dentro de lo que llamamos sociedad, los cuales se han de
respetar, valorar y seguir, denominados, en este contexto, leyes. Las leyes
organizan y regulan nuestras vidas, nuestra convivencia social con otros
individuos y nuestra participación en el estado y las decisiones de gobierno.
Una vez más, otra serie de interrogantes acechan alrededor de este tema: ¿son
justas las leyes? ¿Atentan algunas o todas las leyes contra nuestra libertad?
¿Por qué se han de respetar? Se me ocurre que en este aspecto, la total
libertad es peligrosa. Vivir en sociedad requiere una organización, diversos
límites y líneas que no se podemos o debemos cruzar. ¿Y por qué?, podríamos
preguntar. Porque, de lo contrario, se desataría el caos. ¿Cómo si no íbamos a
funcionar? ¿Cómo prevendríamos crímenes, injusticias, diferencias sociales o de
género; u organizaríamos nuestras vidas y podríamos acceder a una educación,
sanidad y otra serie de derechos? Sí, las leyes ponen límites a nuestras
libertades, pero son necesarias. Como ya hemos mencionado, la libertad es
peligrosa. Y se ha de saber controlarla.
Concluyendo toda esta reflexión, hemos de
admitir que, en efecto, no somos libres, y probablemente nunca lo seamos (¿o
sí?). Esta afirmación, sin embargo, no implica que automáticamente no podamos
ser libres, pues definitivamente sí que es posible vivir en libertad, aunque
lleve una serie de consecuencias y de problemas que cada uno puede solucionar o
no de distintas maneras. La cuestión a mi parecer más interesante para
finalizar es la siguiente: ¿es íntegramente negativo no ser libre? En mi
opinión, la libertad sólo se alcanza en el momento en el que aceptamos que no
necesitamos libertad en ciertos aspectos, sino que la única libertad de la que
no hemos de prescindir es la libertad de pensar. Pensar, conocer y aceptar. Eso
nos hará libres.
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