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sábado, 14 de enero de 2017

¿Somos libres?

    Plantearse esta cuestión conlleva a sentarse y reflexionar detenidamente sobre si de verdad queremos conocer la respuesta. Lo que es más, desencadena una serie infinita de otras preguntas, a cada cual más simple pero al mismo tiempo con soluciones más desalentadoras: realmente, ¿qué es la libertad? ¿Existe? ¿Está a nuestro alcance? ¿Podemos ser libres? ¿Cuáles serían sus consecuencias? ¿Dónde están los límites de nuestra vida en “libertad”?
       Es fundamental si queremos abordar este tema tratar de definir el concepto de libertad. Sin embargo, bien es cierto que cada individuo puede tener una concepción subjetiva de lo que supone para ellos esa libertad. Esta pluralidad de opiniones y pensamientos es inducida por diversos factores (culturales, en cuanto a información, políticos e incluso podríamos hablar de curiosidad), que varían, obviamente, en cada personalidad. La conciencia humana es, en cierto modo, limitada, pero muy ampliamente, de forma que está en nuestra mano el decidir hasta dónde queremos llegar a saber. Esto nos llevaría a divagar sobre otras cuestiones referentes a nuestra felicidad, nuestro conocimiento y nuestros propios actos y costumbres, pero sería extendernos demasiado y hemos de ceñirnos al tema. Planteemos, pues, una definición de libertad, que es descrita por la RAE como la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos; el estado o condición de quien no es esclavo o está preso; la condición de las personas no obligadas por su estado al cumplimiento de ciertos deberes; o la contravención desenfrenada de las leyes y buenas costumbres, etc, entre otras cuantas acepciones de quizá alguna menor importancia.
    En primer lugar, y en referencia a la primera significación mencionada, ¿somos libres de actuar de una manera o de otra? Bien es cierto que podemos decidir si queremos hacer ciertas, pero esto sólo es aplicable en un plano en el que seamos plenamente conscientes de nuestros actos. Sin embargo, ¿somos conscientes de todo lo que hacemos, de cómo lo hacemos y de por qué lo hacemos? La respuesta, lamentablemente, es que no. Vivimos en una sociedad en la que diferentes agentes externos condicionan nuestras decisiones, de manera tanto consciente como inconsciente, en muchos casos. Dado que nos sentimos prácticamente obligados a pertenecer a algún grupo social concreto, actuamos de forma que podamos encajar en dicho grupo. Cualquiera que se sienta excluido de tal asociación, se encuentra en conflicto interno sobre su personalidad, su existencia y sus cualidades, llegando a preguntarse si quizá no debería ser de otra forma. Así pues, por ejemplo, mujeres y hombres siguen roles establecidos por la sociedad y se comportan de diferentes maneras en distintas situaciones en función de lo que se espere de ese rol o papel establecido. Esto, como ya hemos mencionado, puede ser tanto conscientemente como sin darnos cuenta, por lo que la mayor parte de nuestras decisiones, en muchas ocasiones, son inducidas por cánones establecidos de los que ni siquiera tenemos conocimiento. Ahora bien, ser consciente de esto puede plantear otro conflicto, y es el siguiente: ¿cómo sé si estoy actuando por voluntad propia, o si realmente tengo asumido muy interiormente un papel que debo seguir? Aquí es donde el grado de libertad individual tomaría parte: cada ser puede someterse a un duro proceso de deconstrucción y “desalienación”, aceptar los problemas que conllevarían dichos procesos y asumir que es terriblemente complicado poder llegar a ser absolutamente libre para decidir sin tener ninguna influencia externa ni ningún dilema interno consecuente de dicha influencia externa. Como bien dijo Albert Einstein, “No creo, en el sentido filosófico del término, en la libertad del hombre. Cada uno obra no sólo por una coacción exterior, sino también por una necesidad interior.”
    Por otro lado, encontramos al autor Jiddu Krishnamurti, quien defiende que la libertad consiste en reconocer los límites. Con toda seguridad, podemos afirmar que como seres humanos tenemos ciertas limitaciones, pero, ¿esto nos hace prescindir de la libertad? Quizá convenga, como bien dice Krishnamurti, conocer nuestros límites, y aceptarlos como una parte esencial de nuestra existencia. Tener límites no implica tener incapacidad de realizar ciertas actividades, a no ser que dichas capacidades sean meramente imposibles por cuestiones físicas, anatómicas, fisiológicas... etc, como podría ser que un ser humano quisiera volar. Es por ello que hay que diferenciar entre límites y capacidades. En mi más humilde opinión, la capacidad puede (y debería), ser entrenada. Sólo nuestras capacidades podrán establecer unos límites más cercanos o más lejanos. Así pues, aunque diferenciemos entre límites y capacidades, lo uno depende de lo otro, y consecuentemente, también depende de nosotros, los individuos. Aun así, y con todas las frustraciones mentales que esto pueda producir, es cierto que existen otros límites dentro de lo que llamamos sociedad, los cuales se han de respetar, valorar y seguir, denominados, en este contexto, leyes. Las leyes organizan y regulan nuestras vidas, nuestra convivencia social con otros individuos y nuestra participación en el estado y las decisiones de gobierno. Una vez más, otra serie de interrogantes acechan alrededor de este tema: ¿son justas las leyes? ¿Atentan algunas o todas las leyes contra nuestra libertad? ¿Por qué se han de respetar? Se me ocurre que en este aspecto, la total libertad es peligrosa. Vivir en sociedad requiere una organización, diversos límites y líneas que no se podemos o debemos cruzar. ¿Y por qué?, podríamos preguntar. Porque, de lo contrario, se desataría el caos. ¿Cómo si no íbamos a funcionar? ¿Cómo prevendríamos crímenes, injusticias, diferencias sociales o de género; u organizaríamos nuestras vidas y podríamos acceder a una educación, sanidad y otra serie de derechos? Sí, las leyes ponen límites a nuestras libertades, pero son necesarias. Como ya hemos mencionado, la libertad es peligrosa. Y se ha de saber controlarla.

    Concluyendo toda esta reflexión, hemos de admitir que, en efecto, no somos libres, y probablemente nunca lo seamos (¿o sí?). Esta afirmación, sin embargo, no implica que automáticamente no podamos ser libres, pues definitivamente sí que es posible vivir en libertad, aunque lleve una serie de consecuencias y de problemas que cada uno puede solucionar o no de distintas maneras. La cuestión a mi parecer más interesante para finalizar es la siguiente: ¿es íntegramente negativo no ser libre? En mi opinión, la libertad sólo se alcanza en el momento en el que aceptamos que no necesitamos libertad en ciertos aspectos, sino que la única libertad de la que no hemos de prescindir es la libertad de pensar. Pensar, conocer y aceptar. Eso nos hará libres.